CUANDO DEJAS DE INTENTAR SALVAR A LOS DEMÁS

Me enseñaron a creer que el amor significaba aferrarse a los demás a como diera lugar, o permitir que los demás se aferraran a mí. El amor era un drama. El amor era doloroso. El amor tenía una cualidad adictiva.

Creí que el amor significaba anular tus propios sentimientos y necesidades, silenciar tu preciosa y única voz, e intentar desesperadamente liberar a todos del dolor, despojarlos de su soledad, metabolizar los sentimientos que ellos mismos no habían metabolizado.

Un trabajo de tiempo completo. Agotador. E imposible.

Yo no podía sanarlos. Simplemente no podía. Y yo creía que había algo terriblemente mal en mí por no ser capaz de sanarlos. Quizás tenía que esforzarme más, dar más de mí mismo, agotarme aún más. Yo era malo. Inadecuado. Poco amable. Egoísta.

No tenía idea de quién era yo. Daba tumbos en la oscuridad. Lo único que creía era que no estaba bien hacer un alto, descansar. No encontraba ningún refugio; me sentía responsable por los sentimientos de los demás, día a día. Yo quería ser el ‘chico bueno, el chico protector, el chico sensible, el chico dulce, el chico amable, el chico encantador’. Descansar sería algo egoísta. Si me iba, me sentía plagado de sentimientos de culpa. Me sentía controlado por la culpa, era un esclavo de la culpa. Y todo el mundo a mi alrededor se sentía feliz de seguir nutriendo esa culpa.

Ellos me necesitaban tanto como yo a ellos; una prisión de infelicidad y de necesidades no satisfechas.

Pero al menos me sentía necesitado. Y el amor era ‘necesidad’, ¿cierto?

Yo estaba desconectado de mi cuerpo, de mi aliento, de mis sentimientos, de mi verdad. Una furia volcánica, y un dolor terrible e indecible burbujeaba y hervía en mis entrañas. A veces me sentía morir. A veces quería matar a alguien. Cualquier cosa que aliviara esa tensión interna. Cualquier cosa que eliminara ese adormecimiento. Cualquier cosa que se sintiera como VIVA. Mis extraños pensamientos y fantasías sólo alimentaban la historia de que había algo terriblemente malo en mí. Que era inútil, incompleto, que estaba dañado, que no valía la pena, que era un terrible fracaso, que estaba destinado a terminar en un basurero, condenado a estar solo para siempre.

En pocas palabras, me sentía indigno de ser amado, y por eso me convertí en mendigo de una amor que nunca habría de llegar.

Sin embargo, sacaba muy buenas notas en la escuela.

Y luego, en su suprema inteligencia, la vida me obligó a caer de rodillas.

La adicción se desmoronó por su propio peso.

Me parece que hoy estaría muerto de no ser porque me derrumbé.

Desperté del sueño del amor. De repente, una nueva vida amaneció. Una vida en la que mi trabajo no era salvar a los demás, rescatarlos de sí mismos, hacer desaparecer su dolor, su soledad, su decepción, su ira, su miedo, su ansiedad, sus tristezas. Una vida en la que yo ya no era esclavo de mi culpa. En la que mis sentimientos dejaron de ser un error, o signos de mi fracaso, reconociendo que se trataba de energías preciosas que simplemente querían moverse. Una vida en la que ya no tenía que sentirme avergonzado de ser yo mismo, En la que tenía el derecho de decir ‘sí’ y el derecho de decir ‘no’, y el derecho de no saber. El derecho de quedarme, y el derecho de retirarme. El derecho de darme un espacio. El derecho de hablar con mi verdad. El derecho de decidir con quién paso mi tiempo. El derecho a mi fe. El derecho a mi propio corazón. En donde la bondad no significa castigarme y agotarme a mí mismo con el fin de salvar o sanar a los demás, sino amarme lo suficiente como para establecerme en mi propio poder y escuchar a los demás sin asumir su dolor como mío. ¡Hay un poder en la Presencia! Y estar dispuesto a sentir culpa, honrar la culpa; no adormecerla o actuar para evitarla. Eso que envuelves (abrazas) tú, no puede envolverte a ti.

A veces, el abandonar el intento de salvar a la gente no es muy bien visto. Te reclaman. Dicen que eres malo, poco amable, un ‘abandona-amigos’. En lugar de contactarse con sus propios sentimientos de rechazo, tratan de hacerte sentir culpable. Te culpan de su infelicidad. Quieren de vuelta al ‘viejo tú’; quieren su fantasía de ti.

No te quieren a ti; quieren el sueño.

La lección más liberadora que puedas llegar a aprender es esta: Nadie puede hacerte feliz. Y tú no eres responsable de la felicidad de nadie más.

Eres libre. La libertad es tu naturaleza, y siempre lo fue.

Así que, como el Sol, tú brilla. No esperes a que estén los demás para brillar, no necesitas una excusa para brillar, tú simplemente brilla. No te sientas responsable por todos los Soles que aún no descubren su propio resplandor. Tú simplemente brilla. Enseña a través de tu ejemplo. Recorre tu camino con coraje. Y si los demás se incomodan por tu brillo, si te juzgan, si te atacan por no hacerlos el centro de tu universo, está bien. Ese es su trabajo. Ese es su camino. Deséales lo mejor.

Y cuando dejes de intentar salvar a los demás, cuando dejes de intentar ser la madre o el padre que nunca tuvieron, finalmente podrás amarlos. Puedes estar presente, imperturbable.

Los puedes amar lo suficiente como para dejarlos ir. Porque el amor tiene la fragancia de la libertad.

“Sean islas para ustedes mismos, refugios para ustedes mismos, sin buscar ningún refugio externo; con el Dhamma como su isla, el Dhamma como su refugio, sin buscar ningún otro refugio.” – El Buda

– Jeff Foster

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