Sobre mi Leo

Empecé a conocer a los gatos gracias a mi compañero de piso. Adoptó uno, Dragoncillo (Drago) y yo dejé de tenerles miedo y empezaron a hipnotizarme. Son animales realmente mágicos.

Pero no quiero enrollarme demasiado sobre los gatos en general.

Ahora mismo estaba viendo a León, mi gati-hijo, jugueteando por toda la casa, y me ha recordado tantas cosas…

Cuando le vi por internet por primera vez, fue un flechazo. Leí su historia y ya no pude quitármele de la cabeza. Me etiqueté en su foto y de vez en cuando volvía a preguntar por él. Cada vez que me decían que seguía sin ser adoptado, me aliviaba. Ahora sé que era para mí. Dicen que los gatos eligen a sus padres (no soy su dueña, soy su madre) y sé que León me eligió a mí sin verme. No pude soltarle.

Vivía en una colonia con otros muchos gatos, y yo veía un montón de gatos cada día de distintas protectoras. Me enganchaba a los que habían sufrido más: hubo uno en concreto, que era tuerto, que me enamoró antes de ver a León. Pero tenía la leucemia gatuna, y no quería que se la pegara a Tigre.

León fue distinto. Cuando leí su historia y cómo esa vida le había hecho ser ahora, me recordó tanto a mí que me enganché a la idea de que tenía que darle una buena vida. Además era mayor, así que merecía disfrutar los “pocos” años que le quedaran (ahora sé que está más joven que muchos a los que dobla la edad y seguramente dure mucho).

Cuando llegó, fue realmente duro. No se fiaba. No hacía más que bufar. Y yo no conocía lo suficiente a los gatos para saber qué hacer con él. Me daba miedo que nos hiciera daño de verdad y la mujer que me lo dio me dijo que no sabía si podía llegar a hacerlo. Le dije que obviamente yo no le iba a acorralar, pero que si aún así podía hacerlo, y ante sus dudas, yo me hundí ante la idea de que a lo mejor era “demasiado” para mí y le tenía que devolver.

Ella no le conocía. León tenía más miedo a los humanos que cualquier cosa, y por eso bufaba tanto. La realidad es que sale corriendo en cuanto le haces un mínimo gesto de ataque. Lo sé ahora. Nunca se enfrentaría a un humano.

Me hizo recordar muchas cosas. Un día, de pequeña, un vecino diciéndole a mi hermana: “Pero es que no la he dicho nada malo y me contesta mal” y yo no entendía por qué.
Yo me sentía atacada por el mundo entero y no sabía ni qué me pasaba. Me ha costado empezar a cambiarlo.

Pero en todo ese proceso, del que todavía me queda mucho, estaba León. Después de unas cuantas reyertas, empezó a confiar en mí. En cuanto podía se subía a dormir encima mía buscando amor. Sólo quería Amor. Sólo quiere Amor. Y el resto del tiempo que no dormía (los gatos duermen la mayoría del tiempo) jugaba como un bebé. Estaba recuperando ese tiempo que le habían quitado cuando nació. Y no tenía ningún rencor por los humanos. A veces, le salía un “recuerdo” y bufaba o soltaba la zarpa, pero con tiempo y amor, cada vez lo hacía menos.

Y yo, un día, lo entendí todo. Me fijé en él y pensé: “Él no piensa en el tiempo que perdió y sufrió, él sólo quiere disfrutar lo que no disfrutó entonces, mientras que yo pienso todo el rato, cuando le miro, en que no le puedo devolver esos 5 años de tortura. Ni yo puedo recuperar mis años perdidos”.

En algún lugar (seguramente en la página de alguna terapeuta felina como Mariví) leí que los gatos son el reflejo de sus “Dueños” (repito, yo no creo que sea su dueña, sino su compañera o madre como mucho) y me empecé a fijar en lo parecido que era León a mí. No sólo en el pasado, sino en el carácter.

Así que empecé a dejar de fijarme en lo que me ha pasado. Si hace más de un año me llegan a decir que cada vez me iba a identificar menos, no me lo habría creído. Pero aquí estoy. Y lo que entonces me quemaba, ahora me escuece un poco. Se puede sanar.

Y eso, lo aprendí de mi mayor maestro: un gato. Porque él me eligió como compañera. Y soy muy afortunada de eso.

Gracias Leoncillo, te quiero mucho.

(Otro día contaré la historia de mi otro baby, Tigre, que también sale en las fotos)

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NO TE HAGAS VEGANO

No te hagas vegano; vas a entender el verdadero sufrimiento ajeno, y de eso es difícil volver.
No te hagas vegano; vas a volverte un ser compasivo.
No te hagas vegano; tu cuerpo puede perder peso, se desintoxicará, pero las personas que no entienden te dirán que pareces enfermo.
No te hagas vegano; te llamarán extremista, soberbio, te dirán que así es la vida, que el más grande se come al más pequeño, sólo entonces sabrás que los seres más grandes no somos los humanos.
No te hagas vegano; tu conciencia y espíritu se elevarán a otro nivel.
No te hagas vegano; descubrirás lo bonito de cocinar a conciencia.
No te hagas vegano; te verás mas sensible frente a muchas cosas que antes no.
No te hagas vegano; vas a conocer la piedad y el amor por cada ser sintiente de este planeta.
No te hagas vegano; tu visión del mundo y de las cosas se ampliará.
No te hagas vegano; vas a querer que el mundo cambie, que sea mas justo, y vas a hacer lo que puedas por muy pequeño que sea.
No te hagas vegano; vas a ser alguien más feliz.

Nunca

No voy a dejar que alguien me grite, que me haga sentir mal, que me haga dudar, que ponga en duda lo que hago
Quizás, sí, lo que hago es poco, eso pensaba mientras pasaba kilos y kilos de carne por la caja, mientras trabajaba.
Eso pensaba, que de qué servía que yo no comiera carne, si había toneladas de carne en el mercado siendo comprada cada segundo.

Y volví a comer carne. Y cada vez que lo hacía, me sentía mal. Y cada vez que alguien me miraba de forma reprobativa, me sentía peor. No por lo que ellos pensaran,  me da igual si me juzgan. Me dolía por mí, por los animales…
Nunca volveré a comer carne, y me da igual si tengo que grabármelo con sangre para acordarme.

 

No desistas

COLIBRI1

Cuentan los guaraníes que un día hubo un enorme incendio en la selva.

Todos los animales huían despavoridos, pues era un fuego terrible.
De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza al colibrí… en dirección contraria, es decir, hacia el fuego.
Le extrañó sobremanera, pero no quiso detenerse.
Al instante, lo vio pasar de nuevo, esta vez en su misma dirección.
Pudo observar este ir y venir repetidas veces, hasta que decidió preguntar al pajarillo, pues le parecía un comportamiento extraño:
– ¿Qué haces colibrí?, le preguntó.
– Voy al lago -respondió el ave-, tomo agua con el pico y la echo en el fuego para apagar el incendio.
El jaguar se sonrió.
– ¿Estás loco?- le dijo -. ¿Crees que vas a conseguir apagarlo tú solo con tu pequeño pico?
– Bueno – respondió, el colibrí -, yo hago mi parte…
Y tras decir esto, se marchó a por más agua al lago.